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POESÍAS Y PALABRAS SUBLIMES





Días y noches te he buscado...
de: Vicente Huidobro
Días y noches te he buscado
Sin encontrar el sitio en donde cantas.
Te he buscado por el tiempo arriba y por el río abajo.
Te has perdido entre las lágrimas.
Noches y noches te he buscado
Sin encontrar el sitio en donde lloras
Porque yo sé que estás llorando.
Me basta con mirarme en un espejo
Para saber que estás llorando y me has llorado.
Sólo tú salvas el llanto
Y de mendigo oscuro
Lo haces rey coronado por tu mano.




Ahora te quiero...
De: Pedro Salinas

Ahora te quiero,
como el mar quiere a su agua:
desde fuera, por arriba,
haciéndose sin parar
con ella tormentas, fugas,
albergues, descansos, calmas.
¡Qué frenesíes, quererte!
¡Qué entusiasmo de olas altas,
y qué desmayos de espuma
van y vienen! Un tropel
de formas, hechas, deshechas,
galopan desmelenadas.
Pero detrás de sus flancos
está soñándose un sueño
de otra forma más profunda
de querer, que está allá abajo:
de no ser ya movimiento,
de acabar este vaivén,
este ir y venir, de cielos
a abismos, de hallar por fin
la inmóvil flor sin otoño
de un quererse quieto, quieto.
Más allá de ola y espuma
el querer busca su fondo.
Esta hondura donde el mar
hizo la paz con su agua
y están queriéndose ya
sin signo, sin movimiento.
Amor
tan sepultado en su ser,
tan entregado, tan quieto,
que nuestro querer en vida
se sintiese
seguro de no acabar
cuando terminan los besos,
las miradas, las señales.
Tan cierto de no morir,
como está
el gran amor de los muertos.



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Comparto bellísma poesía de una dulce amiga.

SUSPIROS DE LUNA
 NIEVES Mª MERINO GUERRA-


CANARIAS - ESPAÑA


04-02-2011


SUSPIROS DE LUNA...


EMBRIAGARNOS DE AMOR...





DE PAZ.


DE TERNURA.





SUSPIROS DE LUNA


QUE ENVUELVE LA MUSA,


DEVUELVE SU ALIENTO,


LA NOCHE PERFUMA.





SUSPIROS...


SUSPIROS DE LUNA


QUE SUEÑAN Y ENSUEÑAN


AL ALMA POR DENTRO.





QUE TODO LO ACUNA.


 LO TIEMPLA.





 PLATEADA Y FECUNDA


 EN PLUMAS Y VERSOS,


SUSURROS DE ALCOBA


SONATA DE BESOS...



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Del libro Ecos 
de: María Teresa Fuenmayor Tobar, de Venezuela. 
Comparto estas sublimes poesías de Amor


IX.-DAME LA NOCHE


Dame la noche solitaria...la callada...
dame la noche de suspiros llena.
Dame la noche sencilla y complicada
dame la noche, la luna, las estrellas.

Dame la noche de silencios...de sueños...
dame la noche serena y recatada,
dame la noche de amores imposibles
dame la noche casta y apasionada.

Dame la noche, con ella tendré todo
pues ella es la eterna enamorada.
Dame la noche cómplice de caricias,
dame tu noche…no te pido mas nada



II.-SOSTENME ENTRE TUS BRAZOS

 

SOSTENME ENTRE TUS BRAZOS
NO PERMITAS QUE ME VAYA
MIRA QUE LLEGA EL OCASO
Y SE OSCURECE LA PLAYA

SOSTENME ENTRE TUS BRAZOS

que mi corazón estalla
pues no queriendo alejarme
hasta la fuerza me falla.

NO PERMITAS QUE ME VAYA
que me alejé así de tí
sintiendo esto muy dentro:
río que no tiene fín.

MIRA QUE LLEGA EL OCASO
y luego en la noche fría
serán más tristes mis pasos
si voy sin tu compañía.

Y SE OSCURECE LA PLAYA
-no creas en mi rechazo-
No permitas que me vaya...
sostenme entre tus brazos

 


María Teresa Fuenmayor Tovar

Para comunicarse con ella y conocer el resto del poemario escribanle a:
mariateresafuenmayort@hotmail.com

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EL MAR SE AGITA EN LA BAHIA DE YOKOHAMA
Luis E.Molina

 Olas Japonesas
Net-Art 
Autor: Luis E. Molina

Sobre un cuadro de Inoguchi se pueden hacer mil poemas y ninguno valdría ni la décima parte  de cada trazo en el papel finísimo de arroz, de cada feroz ola rompiendo el farallón. No existe nada tan  bello como el agitado mar que se desploma como un mazazo sobre las rocas. Nada más duro que verte ajena a mis miradas, perdida para el mundo o encontrada para ti misma, rodeada de mi temor de hacerte trizas con sólo tocarte, pendiente del silencio de tus dedos en mi piel, del silencio de mis ojos en tu cuello, del gemido de un brazo que pretende asirte y nada tiene sino tu nombre, tu dorado nombre que incendia el camino de mi voz al pronunciarlo.

El camino que perdí no se exactamente cómo. El camino de tus besos negociados, el aire a beata enamorada, mística y vociferante me dejas acercar en la noche de tus sueños, en mis noches de insomnio me dejas acariciar  tus falanges imperturbables, sus cejas dolientes, el arco de tus senos dibujados en mis ojos como cúpulas de catedrales góticas, tus tobillos mordidos de quietud, el hondo respirar de tu corazón herido... y me siento a rezarte como si fueras un aerolito misterioso, un regalo de Venus que me tocó recibir incendiado en las manos.

El incendio eres tú o mejor dicho es tu forma de mirar. Eres un reloj de tiempo boca arriba, toda tú eres alas de silencios, frágiles aromas a noches y sudores. El incendio es tu piel dorada y muda que contemplo ensimismado. El incendio soy yo que reposo mi cabeza en tu regazo, que juego dócil con tu pubis engreído, que me sumerjo en las olas de tu vientre, que aspiro el delicioso aroma de tus labios hinchados... fíjate como eres de ardiente, que mis labios rozan tu vientre y descienden por el ombligo y estallas en aromas a flores y romero... mientras mis manos enceguecidas por tu luz apenas rozan tus muslos, inseguros y torpes mis dedos ejecutan la melodía del deseo... y tensas las cuerdas de tu piel resuenan en la habitación los sonidos de tu angustia cuando me acercó a las zonas más altas del atlas de tu cuerpo... esas montañas de azúcar que pruebo enardecido, primero con delicadeza, luego con fruición.... primero son frambuesas floreando en la pradera, luego son botones de rosa estallando en mil aromas... primero solamente los degusto, luego los hago míos en la boca...

Y luego ya no es posible volver atrás, el tiempo es una ola espeluznante que nos arrastra sin culpa, y luego entro en tu profundidad tibia y húmeda, y el universo es un mar furioso que estrella sus espumas en tu vientre… una y otra vez cada ola es un golpe durísimo, cada vez eres mas profunda y más de fuego te estremeces, agitas más y más al ritmo de las olas que nos arrastran ya sin pausa

No hay palabras para describir una ola reventando en un cuadro de Inoguchi, sólo tú llegando al paroxismo, sólo tú diciendo mi nombre en la penumbra, sólo tú exhalando un suspiro que se pierde en la noche, puedes acercarte a lo perfecto.

Luis E. Molina




FUNCIÓN DE TU PRESENCIA LEJANA
Alberto Hidalgo (1897 – 1967)


Sólo el recuerdo nos separa con su empecinamiento de montaña
Sólo el recuerdo nos desune con su hacer ver que estás distante.
Mujer por todos lados, de la cabeza a los pies, principio a fin, mujer sin treguas,
en este lado de mi vida y al otro lado de mis años
todavía te alcanzo, todavía

Entre los dos hay un incendio de llamas cárdenas perladas,
pues por servirte cambia color el mismo fuego.
Entre los dos hay llamaradas horizontales,
pues en tu honor cambia la geometría de las cosas

Entre los dos está tu cuerpo

Tus dos propósitos bien realizados de dar mirada a lo profundo
como si fueran expresión de la fatiga de los siglos,
por los rincones de mis noches me persiguen
e iluminan el remanso de mi sueño con su luz negra,
y sé por eso que lo negro no es tan negro como el color triste de tus ojos.

Paso en  medio de avenidas de campanas,
con armónica sucesión de escuchados terciopelos,
o tus silencios a mis lados forman filas
y yo me tiendo entre ellas como un camino largo que inevitablemente lleva a ti.
Te acumulé en mis oídos y aún me siento millonario de tu voz.

Te bebí me bebiste no bebimos
con la saciada sed que encendiera el ardor de nuestras tardes
Entonces todos fueron alivios en tu boca,
desde la que partían a reventarse en mi alma, hecha ya espacio,
tus cohetes luminosos en profusión de grados y colores.
Y hoy me queman, me queman esos besos.
¡Cicatrices de besos me dejaste!

Pero el recuerdo nos separa porque  es echar de menos
En la memoria sólo vive lo sucedido, no lo actual,
y no hay dolor más grande que saberlo sucedido.
La posesión otra vez es una forma de anular la memoria,
la ausencia lo contrario que el olvido requiere.
Y si al recuerdo sólo lo cura la presencia,
¡Ven de nuevo a mis brazos para olvidarte un poco!

Alberto Hidalgo

LAS CARTAS SECUESTRADAS
Juan Gonzalo Rose ( 1928 – )

Tengo en el alma una baranda en sombra.
A ella, diariamente me asomo, matutino,
a preguntar si no ha llegado carta;
y cuántas veces
la tristeza celebra con mi rostro
sus óperas de nada.

Que me escriba una carta la que me hizo
los ojos negros y la letra gótica,
que  me escriba una carta aquella amiga
analfabeta de pasión cristiana;
duraznos de mi tierra: que me escriban,
y redacte una carta pequeñita
mi hermana abecedaria y pensativa.

Muertos los de mi infancia
que se fueron
dormidos entre el humo de las flores,
novias que se marcharon
bajo un farol diciendo eternidades,
amigos hasta el vino torturado:
¿no hay una carta para Juan Gonzalo?

Si no fuera poeta, expresidiario,
extranjero hasta el colmo de la gracia,
descubridor de calles en la noche,
coleccionista de apellidos pálidos;
quisiera ser cartero de los tristes
para que ellos bendigan mis zapatos.

Que los cojos me narren su muleta,
y el infierno me cuente de su almohada,
y me pidan prestada mi sonrisa,
pero en carta de amor certificada.

El día que me muera: ¿en una piedra?
el día que me duerma : ¿en una cama?
que me llenen de cartas la camisa
para asfixiarme de palomas blancas

También de palomar se muere un hombre,
cuando sabe vivir por una carta

(De : Hallazgos y extravíos)




AIRE DE NOCTURNO
FEDERICO GARCIA LORCA


Tengo mucho miedo
de las hojas muertas,
miedo de los prados
llenos de rocío.
Yo voy a dormirme;
si no me despiertas,
dejaré a tu lado mi corazón frió.
¿Qué es eso que suena
muy lejos?
Amor. El viento en las vidrieras,
¡amor mío!
Te puse collares
con gemas de aurora.
¿Por qué me abandonas
en este camino?
Si te vas muy lejos,
mi pájaro llora
y la verde viña
no dará su vino.
¿Qué es eso que suena
muy lejos?
Amor. El viento en las vidrieras,
¡amor mío!
Tú no sabrás nunca,
esfinge de nieve,
lo mucho que yo
te hubiera querido
esas madrugadas
cuando tanto llueve
y en la rama seca
se deshace el nido.
¿Qué es eso que suena
muy lejos?
Amor. El viento en las vidrieras,
¡amor mío!





JUAN GONZALO ROSE ( 1928 – )


LAS CARTAS SECUESTRADAS


Tengo en el alma una baranda en sombra.
A ella, diariamente me asomo, matutino,
a preguntar si no ha llegado carta;
y cuántas veces
la tristeza celebra con mi rostro
sus óperas de nada.

Que me escriba una carta la que me hizo
los ojos negros y la letra gótica,
que  me escriba una carta aquella amiga
analfabeta de pasión cristiana;
duraznos de mi tierra: que me escriban,
y redacte una carta pequeñita
mi hermana abecedaria y pensativa.

Muertos los de mi infancia
que se fueron
dormidos entre el humo de las flores,
novias que se marcharon
bajo un farol diciendo eternidades,
amigos hasta el vino torturado:
¿no hay una carta para Juan Gonzalo?

Si no fuera poeta, expresidiario,
extranjero hasta el colmo de la gracia,
descubridor de calles en la noche,
coleccionista de apellidos pálidos;
quisiera ser cartero de los tristes
para que ellos bendigan mis zapatos.

Que los cojos me narren su muleta,
y el infierno me cuente de su almohada,
y me pidan prestada mi sonrisa,
pero en carta de amor certificada.

El día que me muera: ¿en una piedra?
el día que me duerma : ¿en una cama?
que me llenen de cartas la camisa
para asfixiarme de palomas blancas

También de palomar se muere un hombre,
cuando sabe vivir por una carta

(De : Hallazgos y extravíos)





CREPÚSCULO PARA ANA
Manuel Scorza

Sólo para alcanzarte escribí este libro
Noche a noche,
en la helada madriguera
cavé mi pozo más profundo,
para que surgiera más alta,
el agua enamorada de este canto.

Yo sé que un día las gentes
querrán saber porque hay tanto rocío en las praderas
yo sé que un día
irán ansiosas a los campos,
seguirán los hilos de los prados,
y a través de las florestas
llegarán hasta mi pecho,
y comprenderán,
- lo siento, estoy sintiéndolo - ,
que es mi amor quien platea por ti el mundo en las mañanas
verás esta hoguera

Desde ciudades enterradas,
desde salones sumergidos,
desde balcones lejanísimos,
verás este amor,
y escucharás mi voz
ardiendo de hermosura
comprenderás que sólo por ti he cantado.
Porque sólo por ti he cantado.
¡Sólo por ti resplandece
mi corazón extraviado!
¡Sólo para que me veas,
ilumino mi rostro oscurecido!
¡Sólo para que en algún lugar me mires
enciendo, con mis sueños, esta hoguera!

¡El Mudo,
El Amargo,
El Que Se Queda Silencioso,
te habla ahora a borbotones
te grita cataratas, inmensidades!

Algún día amarás,
alguna vez
en las lianas de la ternura enredada
comprenderás que cuando el dolor nos llega,
es imposible hablar;
cuando la vida pesa, las manos pesan:
es imposible escribir

Surge entonces
el Dolor inextinguible,
cual surge ahora esta voz
que llora por los días hermosos,
cuando la vida era azul.
Porque todo lo que nace ha de morir.
¡No digo más porque me entiendes!
Tú sabes que sólo quiero
que, en algún lugar, leas esta carta,
antes que envejezcan los carteros
que te buscan

¡Quiero que el rayo de mi ternura
traspase con lanza a los que no conozco,
y salte noche hirviendo
a los ojos de los que abran este libro,
y en algún lugar,
un día de este mundo,
me oigas
y te vuelvas,
como quien se vuelve extrañado
el sentir detrás el resplandor de un incendio,
y comprenderás que estoy ardiendo por ti,
quemándome
sólo para que veas,
desde lejos, esta luz!

Manuel Scorza



CESAR MORO


VIENES EN LA NOCHE CON EL HUMO
FABULOSO DE TU CABELLERA



Apareces
La vida es cierta
El olor de la lluvia es cierto
La lluvia te hace nacer
Y golpear a mi puerta
Oh árbol
Y la ciudad el mar que navegaste
Y la noche se abren a tu paso
Y el corazón vuelve de lejos a asomarse
Hasta llegar a tu frente
Y verte como la magia resplandeciente
Montaña de oro o de nieve
Con el humo fabuloso de tu cabellera
Con las bestias nocturnas en los ojos
Y tu cuerpo de rescoldo
Con la noche que riegas a pedazos
Con los bloques de noche que caen en tus manos
Con el silencio que prende a tu llegada
Con el transtorno y el oleaje
Con el vaivén de las casas
Y el oscilar de luces y la sombra más dura
Y tus palabras de avenida fluvial
Tan pronto llegas y te fuiste
Y quieres poner a flote mi vida
Y sólo preparas mi muerte
Y la muerte de  esperar
Y el morir de verte lejos
Y los silencios y el esperar el tiempo
Para vivir cuando llegas
Y me rodeas de sombra
Y me haces luminoso
Y me sumerges en el mar fosforescente donde acaece tu estar
Y donde sólo dialogamos tú y mi noción oscura y pavorosa de tu ser
Estrella desprendiéndose en el apocalipsis
Entre bramidos de tigres y lágrimas
De gozo y gemir eterno y eterno
Solazarse en el aire rarificado
En que quiero aprisionarte
Y rodar por la pendiente de tu cuerpo
Hasta tus pies centellantes
Hasta tus pies de constelaciones gemelas
En la noche terrestre
Que te sigue encadenada y muda
Enredadera de tu sangre
Sosteniendo la flor de tu cabeza de cristal moreno
Acuario encerrando planetas y caudas
Y la potencia que hace que el mundo siga en pie y guarde el equilibrio de los mares
Y tu cerebro de materia luminosa
Y mi adhesión sin fin y el amor que nace sin cesar
Y te envuelve
Y que tus pies transitan
Abriendo huellas indelebles
Donde puede leerse la historia del mundo
Y el porvenir del universo
Y ese ligarse luminoso de mi vida
A tu existencia.

( De: La tortuga ecuestre )


POESÍA Y POEMA
OCTAVIO PAZ. El arco y la lira



La poesía es conocimiento, salvación, poder, abandono. Operación capaz de cambiar el mundo, la actividad poética es revolucionaria por naturaleza; ejercicio espiritual, es un método de liberación interior. La poesía revela este mundo; crea otro. Pan de los elegidos; alimento maldito. Aísla; une. Invitación al viaje; regreso a la tierra natal. Inspiración, respiración, ejercicio muscular. Plegaria al vacío, diálogo con la ausencia: el tedio, la angustia y la desesperación la alimentan. Oración, letanía, epifanía, presencia. Exorcismo, conjuro, magia. Sublimación, compensación, condensación del inconsciente. Expresión histórica de razas, naciones, clases. Niega a la historia: en su seno se resuelven todos los conflictos objetivos y el hombre adquiere al fin conciencia de ser algo más que tránsito. Experiencia, sentimiento, emoción, intuición, pensamiento no-dirigido. Hija del azar; fruto del cálculo. Arte de hablar en una forma superior; lenguaje primitivo. Obediencia a las reglas; creación de otras. Imitación de los antiguos, copia de lo real, copia de una copia de la Idea. Locura, éxtasis, logos. Regreso a la infancia, coito, nostalgia del paraíso, del infierno, del limbo. Juego, trabajo, actividad ascética. Confesión. Experiencia innata. Visión, música, símbolo. Analogía: el poema es un caracol en donde resuena la música del mundo y metros y rimas no son sino correspondencias, ecos, de la armonía universal.  Enseñanza, moral, ejemplo, revelación, danza, diálogo, monólogo. Voz del pueblo, lengua de los escogidos, palabra del solitario. Pura e impura, sagrada y maldita, popular y minoritaria, colectiva y personal, desnuda y vestida, hablada, pintada, escrita, ostenta todos los rostros pero hay quien afirma que no posee ninguno: el poema es una careta que oculta el vacío, ¡prueba hermosa de la superflua grandeza de toda obra humana!




Emilia Pardo Bazán (1852-1921)
-Aquí -me dijo mi primo, señalándome una casucha desmantelada al borde de la carretera- vive una mujer que ha cumplido el pasado otoño cien años de edad. ¿Quieres entrar y verla?
Me presté al capricho obsequioso de mi pariente y huésped, en cuya quinta estaba pasando unos días muy agradables, y, aunque ningún interés especial tenía para mí la vista de una vejezuela, casi de una momia desecada que ni cuenta daría de sí, aparenté por buena crianza que me agradaba infinito tener ocasión de comprobar ocularmente un caso notable de longevidad humana.
Entramos en la casucha, que tenía un balcón de madera enramado de vid, y detrás un huerto, donde se criaban berzas y patatas a la sombra de retorcidos y añosos frutales. Dijérase que allí todo había envejecido al compás de la dueña, y la decrepitud, como un contagio, se extendía desde los nudosos sarmientos de la cepa hasta las sillas apolilladas y bancos denegridos que amueblaban la cocina baja, primera habitación de la casa donde penetramos.
Estaba vacía. Mi primo, familiarizado con el local, llamó a gritos:

-¡Teresa, madama Teresa!
Al oír madama, la aventura empezó a interesarme. ¿Era posible que fuese francesa la centenaria que vegetaba allí, en un rincón de las mariñas marinedinas? ¿Francesa? ¡Extraña cosa!
Una voz lejana respondió desde el huerto:
-Aquí estoy…
El acento era extranjero; no cabía duda. Antes de pasar, interrogué. Me contestó una de esas sonrisas que prometen mucho, una sonrisa que era necesario traducir así: «¿Pensabas que iba a enseñarte algo vulgar?»
Al rayo oblicuo de un sol de otoño; al lado de un matorral de rosalillos mal cuidados, cuyos capullos parecían revejecidos también; sentada en una butaca carcomida, de resquebrajada gutapercha, vi a una mujer cuyo semblante encuadraba un tocado de esos inconfundibles, de cocas de cinta y tules negros, que sólo usan las ancianas de Francia. El tocado debía de tener pocos menos años que su dueña. Hacía el efecto de que, al soplarle, se desharía en polvo, como las ropas que aparecen enteras y vuelan en ceniza en cuanto se abre una sepultura. La manteleta raída, de casimir, rojeaba al sol. Los pies, calzados con pantuflas, eran cifra de la caducidad de todo aquel cuerpo. ¿Habéis notado que, al través del calzado que más oculte su forma, unos pies jóvenes son siempre unos pies jóvenes, y los adivináis? El pie envejece tanto o más que la cara…
Al tratar madama Teresa de incorporarse difícilmente, vimos de cerca su rostro, no demacrado ni excesivamente arrugado, sino céreo, como el de un muerto, y fino, como el de una muñequita de marfil. Un toque de rosa marchito apareció un momento en sus pómulos. Un amago de sonrisa descubrió el horror gris de la caverna, donde el tiempo cruel, sobre las ruinas, tejía su telaraña…
-Aquí tiene usted -dijo mi primo- a un pariente mío; le he dicho que acaba usted de cumplir… una edad avanzada, y ha querido saludar a usted y desearle muchos más años de vida.
-Sea bien venido… Tenga la bondad de sentarse…
Y me señaló, con aire amable, un banco de argamasa adosado a la pared de la casucha. Lleno de curiosidad, dirigí la mirada hacia algo que la anciana leía cuando entramos y que acababa de dejar sobre la silla. Parecía un periódico antiguo, ya amarillento.
-Madama Teresa, cuéntele usted su historia a este señor… Se alegrará mucho de oírla…
-¡Mi historia! -Murmuró la vocecilla cascada, llena de trémolos que parecían balidos dolientes-. Es sencilla y triste…, pero yo creo que son tristes todas las historias de todo el mundo. Soy hija de un oficial francés que vino con Napoleón y de una señorita madrileña. Mi padre me recogió, porque mi madre, al ver todas las cosas que sucedían, no quería seguir cuidándome. Con mi padre pasé a Francia. Estuve allí hasta los veinte años. Entonces mi padre murió y mi madre me reclamó y me hizo a la fuerza entrar en un convento. Me resistí a profesar, y cuando vino la exclaustración, salí; hice de modo que mi madre perdiese mi rastro. Entré a servir en una casa aristocrática. Como sabía peinar y hacer trajes bonitos, me estimaban mucho y me casaron con el maestresala. ¡Oh, señor! ¡Un hombre excelente! Pero él me aburría con sus celos y yo me fui y perdió mi rastro también…
La anciana hizo una pausa; yo me sonreía pensando en la necedad de los celos, cuando la mujer es un poco de arcilla, y sus bellas formas menos que un rastro en el agua o un dibujo en la arena…
-Me establecí en un pueblo de esta provincia y viví de hacer sombreros. ¡Oh! Tuve la mejor clientela… Fueron unos años muy hermosos… No se guiaban las señoras sino por mí. Yo era el árbitro de la moda. Me copiaban los trajes, me consultaban todo. Ganaba mucho dinero. También lo gastaba, porque me adornaba mucho. Me halagaban à qui mieux mieux. Pero la desgracia acecha. Supe que mi primer marido no existía y cometí el error de casarme segunda vez. ¡Oh, señor! ¡Un mal hombre, es el caso de decir que un mal hombre! Muy guapo, sí, muy gracioso; acababa de jugarme una picardía y me decía cosas que me hacían reír…
-¿En qué año pasaba eso? -pregunté con indefinible curiosidad maligna, pues creía adivinar.
-Ya sería el año de la que llamaban gran revolución… -respondió ella con esa repugnancia a fijar fechas por números que tienen los muy viejos-. Y él se fue con los de la revolución y se llevó mis economías, y volvió enfermo, y en curarle lo gasté todo, y ya no me ocupaba de sombreros, sino de la salud de él, y al fin murió… ¡Qué dolor! ¡Un tan guapo garçon de treinta años!
Mi cuenta estaba echada mentalmente. Cuando la mísera mujer cuidaba al tronera y caía en la ruina, tenía los sesenta ya,
-¿Y… qué hizo usted después?
-Vivotear, señor… Ya no gustaban tanto mis sombreros… Me decían que eran siempre los sombreros de antes, los sombreros de mi tiempo, y no los de la moda. ¡Oh! Yo trataba de hacerlos muy elegantes, pero mi hora era pasada, y el capricho de las damas por mí, también. Me defendí aún, mientras tuve vista para enfilar la aguja. Después confié la confección a una criada mía que era de esta aldea y que me dejó en herencia, al morir, esta casa. Era una santa mujer…, pero los sombreros, ¡un horror!, ¡un horror! Y como ya no me compraba nadie, aquí me retiré, tan solita… Me hice mi sopa y mi cama mucho tiempo. Ya no puedo. El doctor, que me ha visto, dice que verdaderamente no puedo. No sé si acabaré por ir a un asilo. Es penoso, pero no sé…
Me miraba con sus lacios ojos azules, turbios como turquesas muertas. Gesticulaba con dedos finos, secos, los palillos de boj de un escultor. Y yo, en mi intuición de novelista, de psicólogo, adiviné, descifré rápidamente aquella pobre alma de mariposa disecada, de rosa seca cuyos pétalos se pulverizan de puro friables, pero que, en la caducidad de sus elementos, guardan un poco de espíritu. Y exclamé sonriendo:
-La verdad es que sólo porque usted lo dice se creería que siente el peso de la edad. Está usted todavía muy guapa, madama Teresa, y ha debido usted de trastornar muchas cabezas y de ser un oráculo para las damas elegantes. Si me lo permite, ¿sacaría una instantánea?
Y mientras preparaba la maquinilla, deslizando la placa en la ranura, oí que murmuraba madama Teresa, balbuciente de gratitud:
-¡Oh, señor, qué bueno es el señor! Pero retratarme así…, con esta toilette… Si me lo permite, voy a buscar otra fanchón, la nueva…, la que armé hace dos años…
Y mientras la centenaria, arrastrándose, iba en busca del último adorno, de la coquetería última, miré lo que estaba leyendo cuando entramos. Era un figurín antiguo, de la época de la emperatriz Eugenia, la época gloriosa en que las capotas de madama Teresa todavía hacían furor en la capital de provincia.
-¡Pobre mujer! -dijo mi primo-. No sabía que estaba tan apurada. Voy a gestionar que la admitan en las Hermanitas de Marineda y desde mañana le enviaré de casa la comida.
-Envíale de paso un ramo de flores, un tarro de perfume y dos o tres inutilidades más -advertí-. Yo mañana la remitiré, desde Marineda, los mejores bombones de chocolate en una caja bonita. Y vivirá tres años más madama Teresa…, porque alguien se habrá acordado de que es mujer.